Cuando algunas bandas de Death Metal técnico de principios de la década pasada estaban en momentos de sufrir cambios radicales en su organización y comenzaron un proceso de descomposición paulatina de sus soportes centrales en favor de lineamientos que facilitaran el transitar libre y sin obstáculos de la trama de cada una de las secciones instrumentales; y esto asociado a la creación de un marco referencial que les procurara unidad bajo un sistema coherente de compenetración armónica, dio paso a un giro evolutivo que tendría resultados impredecibles en aquel momento (aunque en realidad desde una posición privilegiada que ve en retrospectiva, la relación causal puede parecer evidente).
Una banda tan innovadora en aquel momento como lo fue Cynic, a pesar de solo haber editado un único álbum, es un caso que se presta en apoyo de lo que venimos diciendo; y no es casualidad que la mencione como referencia pues en Aghora encontramos a uno de los fundadores de Cynic, Sean Reinert, junto al bajista responsable de grabar todo el Focus y que es considerado unos de los mejores bajistas de la actualidad en la escena progresiva, Sean Malone.
Cuando uno escucha el inicio de este álbum debut de Aghora realmente no es difícil adoptar firmemente la idea, basada solo en una noción general, de que esto es la continuación de Cynic; esta posición se da en el mejor de los casos y muestra un nivel de pensamiento lúcido; no obstante hay algunos que incluso llegan a afirmar que (punto de vista que es común actualmente encontrarnos) esto es una copia o clon. Y no solo por la participación de los músicos antes mencionados sino porque la música presente tiene una dirección realmente emparentada con la etapa final de la gran banda de Florida, incluso en las letras. Sin embargo, vale la pena dilucidar mejor esta situación aquí presente para evitar puntos de vista equívocos al respecto.
Este argumento utilizado como criterio valorativo que pretende descalificar a una agrupación sosteniendo que su música es copia o clon en realidad es débil e incluso los que lo defienden no podrían estar de acuerdo, ni sostener las mismas implicaciones a las que este razonamiento los conduce, pues la conclusión los guía a callejones sin salida; solo por poner por caso para ilustrar la idea, de la relación e influencia de la música de Dream Theater no se sigue lógicamente que bandas como Circus Maximus o Beyond Twilight o Vanden Plas no hagan obras de su propia autoría y que las mismas no sean originales, y digo originales y no innovadoras, palabras que son utilizadas sin discreción por la mayoría de personas. Esto lo podemos aplicar a todos los estilos en general y por esa razón ese pensamiento tan cándido es falaz.
Por eso el resultado de esta idea es una lectura poco consistente, conformista con las apariencias y a la vez despreocupada con buscar una explicación real de los fenómenos, lo que delata una actitud irresponsable y que se toma a la ligera la música como si esta manifestación, en cuanto a objeto del pensamiento, fuera como tal algo prescindible.
Aclarado esto, me limito a hacer referencia a la singularidad que encuentro en Aghora. Lo que seduce en el transcurrir de estas piezas es sin duda la delicada voz de Danishta Rivero, que con su tono suave y natural, sin maniobras innecesarias va moldeando las melodías dentro de un contexto mucho más privado, de espacios interiores y con grata sensibilidad en cuanto a su rango y los matices, evitando con éxito caer en propiedades llamativas, empalagosas y sobre cargadas de giros harto forzados, y que en lugar de ello se enfatiza un sentido del refinamiento y de la sobriedad en el trato de la textura para generar una disposición vocal tenue y que funciona más como atmósfera sugestiva que evita o relega la imposición expresiva del discurso lingüístico.
Lo dicho en el párrafo anterior lo ligo con una declaración convergente y que es a la vez conclusión inclusiva de los componentes vocal e instrumental. Mi formulación es la siguiente:
1. Hay dos formas de conciliar la vocalización y la instrumentación en la música.
A- La primera es la más común y es a saber, que la estructura principal de la pieza funge en razón de proveer un adecuado acompañamiento para desarrollar la vocalización, me refiero a que el resto de instrumentos llegan a cumplir bien o mal su propósito solo en la medida en que estén subordinados a la actuación vocal.
B- La otra por el contrario, nos dice que la instrumentación se impone y que la voz o las voces deben buscar su lugar de desarrollo en las variables de ritmo y tiempo disponibles, lo cual es más difícil.
En otras palabras, la música en su gran mayoría, es compuesta principalmente en términos vocales o en términos instrumentales, no ambos a la vez.
Lo interesante es que en el caso Aghora no se da ni uno ni el otro, sino que ambos componentes son uno y el mismo, evitando el mecanismo disyuntivo; lo que ocurre es que la forma estructural de toda la obra engloba o lleva implícita mi idea de que las líneas vocales se trastocan con intencionalidad en segmentos instrumentales y viceversa, al parecer hay una reciprocidad simbólica, o para ser más exacto, una autoreferencialidad de ambos modos; en esto resulta plausible el comportamiento del bajo, la batería y los teclados para alcanzar este estado de uniformidad y unificación que crea la imposibilidad de pensar en un conjunto subyacente o adyacente que funcione simultáneamente a una corriente principal.
El resultado de este proceso es una música que no hace análisis sino síntesis y lo logra con una expresividad que explota los elementos místicos del oriente con belleza y pasión en un viaje intimista, profundamente poético y que se descubre con la experimentación.
Calificación: 87/100
Salvador