La naturaleza progresiva de la música contemporánea prueba varias tesis atribuidas a esta representación cognitiva desde el tiempo de la escena sinfónica británica con Yes, King Crimson o ELP. Hecho que se ha confirmado a lo largo de su trascendencia evolutiva y que responde no a relaciones sistematizadas de categorías que caen en cuerpos de accidentes unidos bajo criterios lógicos rígidos que no admiten ambigüedad ni vaguedad, sino que se ha situado sobre una constante imperante que propugna una difusión total del espectro en corrientes matizadas de manera muy ambivalente.
Este claro fenómeno se trae al suelo la creencia aceptada popularmente de que lo progresivo va unido a un género particular de música, como si la esencia como causa primera deviniera de la materia, lo cual es una contradicción pues lo que permite que algo sea sería precisamente su esencia independientemente de todos los accidentes revelados en la particularidad de su materialización, de su existencia fáctica; así la causa materialis sería solo el vehículo que logra la primordial función de accionar el mecanismo de multiplicidad donde habita lo progresivo, permitiendo de esta manera su permanente fluctuación en contrastes intrincados y el estudio conciente de sistemas discursivos alternos, así como dinámicas de impresionante diversidad.
Dentro de la actividad metalera, que no está exenta de este fenómeno, Zero Hour resulta ser un modelo perfecto de esta corriente emancipadora a la que me estoy refiriendo. En esta banda encontramos esta coexistencia armónica entre esencia y materia, y aún más, uno de sus caracteres distintivos más apreciables es su enorme capacidad de circunscribir sus composiciones en estructuras que en no pocos momentos se tornan verdadera e inusitadamente alejadas de cualquier influencia clásica aparente dentro de lo que entendemos como música progresiva y sin embargo demuestran que a través del tiempo la música muda su aspecto pero su esencia permanece intacta.
Ahora bien del macrocosmos al microcosmos. Esta primera revelación nos presenta una capacidad de análisis polirítmico destacable y acompañamientos muy bien contrapuestos sobre interfaces que se abren a posiciones de mayor fragilidad y donde queda demostrado los recursos estilísticos y técnicos de Erik Rosvold, que le dan un sentido de sensibilidad y pasión a cada línea vocal que interpreta, y que transmite con una originalidad y detalle en su registro que lo convierten en uno de los vocalistas más interesantes que se hallan dado a conocer en el Metal del siglo XXI.
Este álbum denota que había una búsqueda clara por salir del contexto en el que se manejaban las bandas expositoras más importantes dentro del Metal Progresivo; aún así ya este esfuerzo denota pericia y rigor en cuanto a originalidad se refiere (como en Eyes of Denial o Jaded Eyes) sin que aún marcaran necesaria y contundentemente un nuevo paradigma; acto que luego encontrarían en su segunda obra The Towers of Avarice (2001) en donde el rango de funcionalidad de la banda es justamente bordear y traspasar los límites dentro del Metal de avanzada, algo así como un foward thinking metal. Por esto y por más que comentare en la próxima reseña considero que este inicio resulto ser más que prometedor.
Calificación: 83/100
Salvador