METALICOS 

 
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Editorial

Metal y Sociedad

¿Quién no ha pasado por el tortuoso camino de que lo analicen sicológicamente, por el hecho de escuchar metal? Me atrevo a apostar que, con contadas excepciones, todos los que gozamos de los placeres de este género hemos sido víctimas, en alguna ocasión, de la posición conservadora de la sociedad.

Pero debemos ser francos, esta actitud no debe extrañarnos. La sociedad teme a lo que es diferente, y quedo muy claro desde un principio que el metal es radicalmente diferente.

¿Por qué es diferente? Porque el metal tiene la particularidad de poder decir lo que otros prefieren ocultar. A través de la música; a través de la lírica; a través del arte de los álbumes; a través de la imagen de las agrupaciones; etc., los músicos buscan levantar la voz ante un mundo que a cada instante se va autodestruyendo. Y, con el apoyo a las bandas, el público se compromete a seguir un camino espinoso, pero que es producto de su deseo de apartarse de la mediocridad que abunda hoy en día.

¿Es el metal para todos? Por supuesto que no. El metal, en cualquiera de sus ramificaciones, está hecho para personas con carácter, con temple, con la capacidad de poder analizar y discernir sobre como actuar y sobre como pensar. El metal es para individuos que se niegan a sucumbir fácilmente ante la apatía del mundo, y que, por medio de la música, buscan despertar las conciencias de aquellos que tienen la idea de que las cosas pueden cambiar. Palabras fuertes, es cierto, pero esa es la característica principal del género metálico.

No debe confundirse lo anterior con que toda la audiencia no metalera es sinónimo de cobardía y conformismo; ni que todos los adeptos a la música pesada son lo que se supone deberían ser. Estamos hablando de música, de los ideales que se tratan de manejar, y en ese aspecto el metal saca un amplio margen de ventaja a los demás géneros, debido a la temática social que se trata.

Ahora, bien, ¿se maneja todo el público metal conforme a ese espíritu de conciencia del que hablamos? Lastimosamente, la respuesta es no. Muchos que se dicen partidarios de la música metálica lo hacen por el simple hecho de jugar de rebeldes, y de ir en contra de todo lo estipulado, apartándose de la sociedad en que se desarrollan. Y ese es un craso error. El metal no debe dar pie a segregaciones. El que en el metal se tenga la valentía de denunciar lo que está mal no significa que uno deba apartarse de la vida cotidiana. Sea por el motivo que sea, por Dios, Yahvé, Buda, Satanás, Lucifer, el destino, o como guste llamarlo, el ser humano es un ser social. A lo largo de la historia, hemos visto como crecen grandes civilizaciones, lo que pone de manifiesto la necesidad que tiene el ser humano de compartir con demás miembros de su especie.

Por este mismo motivo, metaleros y no metaleros deben aprender a convivir juntos, pues, antes que los gustos personales, están las necesidades propias de cada individuo.

Afortunadamente, los niveles de tolerancia han ido cambiando en ambos bandos, y muchos de quiénes no escuchan metal al menos se han dado cuenta de que es mucho más que dibujos tenebrosos y voces medias raras, como ellos lo llaman. Y el público metal ha ido comprendiendo que pertenece a un grupo social, en el cual puede jugar un papel fundamental para su desarrollo, tanto personal como del género, y qué, por lo tanto, no hay razón alguna para separarse.

Es de esta manera como esperamos que las absurdas mentalidades que han rodeado este tema, a lo largo ya de treinta y tanto de años, y en ambos lados de la moneda, puedan por fin ser solo un mal recuerdo.

Por Randall Hidalgo
24/04/2006