Debido al crecimiento exponencial de la piratería en América Latina, la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica y del Videograma (Canacine) lanzó una agresiva campaña publicitaria en contra de las películas piratas a finales del 2006. Uno de los anuncios más coloridos presenta una pareja de hermanitos viendo una cinta animada de baja calidad y dudosa procedencia. Después de debatir sobre la piratería en forma un tanto empalagosa, el hermano menor termina diciendo con desilusión... “tenemos un papá pirata”.
La preocupación de la industria cinematográfica por la piratería es relativamente reciente. Hace algunos años, bajar una película de Internet con aquellos módems de 26 kilo baudios y discos duros de 80 megas era toda una odisea. Sin embargo, la tecnología ha avanzado hasta un punto donde las conexiones de alta velocidad y los gigas de almacenamiento se han vuelto algo común. El resultado de este progreso tecnológico es que aquella hercúlea tarea de bajar una película se haya convertido en algo trivial; y si ahora conseguir una película es cuestión de minutos, tanto más fácil es hacerse de un disco de música.
La industria musical ya ha tenido sus sonados escándalos con la piratería, sobre todo los casos de Napster y Audiogalaxy. Sin embargo, las disqueras se han dado cuenta que luchar contra este fenómeno es una batalla perdida. ¿Cómo puedo controlar los programas que permiten compartir información? ¿Qué le impide a cualquiera subir un disco a un recurso compartido en línea y poner el link en un foro? No hay que ser un genio ni hace falta realizar extensos estudios para darse cuenta que la piratería está afectando fuertemente las ventas de música, y sin embargo, controlarla es sencillamente imposible.
Es muy fácil utilizar el argumento que la piratería es igual que robar, pero en el mundo no todo es blanco o negro. Entre la infinita gama de grises que presenta la vida, la piratería también tiene sus peculiaridades y sus extremos, los cuáles voy a definir acá como piratería noble (más cerca del blanco) y la piratería descarada (más cerca del negro).
El rock y el metal se presentan como excelentes casos de estudio para definir la piratería noble. Hablando de arte, así como no es recomendable comprar una pintura sin verla, tampoco lo es comprar un disco sin escucharlo. Dado que la radio y la televisión le han dado la espalda a estos géneros musicales, Internet se ha vuelto el mejor aliado para sus seguidores. Gracias a la piratería, ahora tenemos la oportunidad de conseguir cientos de discos cada año para así decidir cuál es el material que vale la pena comprar.
La clave para diferenciar entre piratería noble y descarada está en la parte de “comprar”. Cuando utilizo la piratería como medio de selección para adquirir material, la estoy utilizando con un propósito noble. La diferencia es cuando la piratería (descarada) se convierte en un fin en sí mismo, cuando simplemente dejo de gastar dinero porque ¿para qué pagar si lo consigo gratis?
Lo que los piratas descarados no entienden (o no les importa) es que ese razonamiento egoísta puede dejarnos sin música. Tal vez suene drástico pero no lo es... la piratería descarada puede acabar con la música, así de simple.
Por más romántica que sea nuestra visión del arte, la realidad es que los artistas tienen que comer y las disqueras funcionan para ganar dinero. Si no entra dinero no hay disquera, si no hay disquera no hay artistas, y si no hay artistas no hay música. Por si fuera poco, no vayan a pensar que la piratería va a hacer que desaparezca Britney Spears o Daddy Yanquee; al contrario, si los artistas populares generan menos dinero siguen siendo rentables, pero si los artistas pequeños empiezan a generar menos dinero, disqueras como Frontiers, Roadrunner, MTM, Black Mark, etc. desaparecerán o se enfocarán en otro tipo de “músicos”.
A lo que quiero llegar con este comentario editorial es que no tiene nada de malo ser un “papá pirata” mientras nos conduzcamos con nobleza. No creo que a Frontiers le estrese mucho que yo baje 10 de sus discos y le compre 5, o 2 o hasta 1... El punto es que le estoy comprando y estoy ayudando a mis artistas favoritos para que sigan publicando su música. Aquellos que bajan 10, les gustan todos y no compran ninguno, pues debería darles vergüenza; semejante descaro entra en un tono de gris peligrosamente similar al negro. Para que la música que amamos siga existiendo hay que invertir, cada cinco que gasto en un disco de calidad es mi manera de decirle a la disquera “esta es la música que me gusta y con esto vas a hacer dinero”. Si no compro nada... seré uno de los principales responsables que mi música favorita desaparezca.
Por Esteban R.
20/08/07 |